sábado, 26 de octubre de 2013

CARESTÍA

La mañana está nublada, sobre el comal se calientan las tortillas que los pequeños reciben de manos de su madre, quien en esta ocasión, ha tenido que agregarle masa a los dos huevos que pusieron sus gallinas, para obtener una torta más grande y esta sea suficiente para los tres niños; aunque no alcanzará para Diana, la hija mayor, quien no tiene mucha prisa en tomar los alimentos, pues prefiere que primero lo hagan sus hermanitos, ya que dos de ellos entrarán a clases a las 8 de la mañana, y ella, asiste a la secundaria por la tarde. Solían comprar otros tres blanquillos por la mañana, en la tienda de don Lencho, quien se los vendía a dos pesos, pero ahora, el señor no tiene en existencia. En la miscelánea de la esquina, les venden a 3.50 sueltos, y el medio kilo a 21.50, eso es más de lo que pueden gastar en un almuerzo para la familia. Pedro, el papá de los pequeños, debe conformarse con un té de hojas de limón, y con las tortillas que están por salir del comal, y a las que les ha untado aceite y sal, para acompañarlas con la salsa a la que les hizo falta tomate. La menor de las niñas, Laurita, disuelve en una taza, los trozos de tortilla que su mamá, doña Rosa, le preparó combinadas con té de limón, para que las pueda digerir. Luego, recibe un taco de la torta que pronto se terminó, y que fue ablandado con la humedad que tenían las manos de la señora.
Al terminar el almuerzo, don Pedro entrega los zapatos a su hijo, éste, los recibe, y se los coloca  mientras advierte que ya no parecen tan cenizos, pues su papá los recubrió con un trapo que sumergió en el aceite quemado que le regalan en el taller que está junto al periférico. En breve, los tres pequeños salen acompañados de su papá. Hasta adelante camina Carlitos, quien se acomoda la bolsa de mandado en su hombro derecho, ahí lleva sus cuadernos, y con la mano izquierda se acaricia el cabello al cual le untó un poco de miel, pues sabe, según dicen sus papás, que la miel es buena para todo, y recientemente descubrió que le suaviza más el cabello y le ayuda a asentárselo. Antes dejaba que le pusieran jugo de limón en su cabeza, pero a la hora de hacer ejercicio, este le escurría con el sudor, y le causaba ardor en los ojos. Hasta la fecha no conocen el gel. Don Pedro se despide de ellos en la puerta de la escuela, y sólo les da su bendición acompañada por el termo con agua de limón, que endulzaron con el piloncillo que antes fue machacado en el metate, les asegura que cuando salgan de clases, podrán echarse unas buenas quesadillas, y les anima a que aguanten tantito a la hora del recreo, pues no les dejará ni un peso. Más tarde, Laurita es llevada al kínder por su hermana Diana, en la puerta de la escuela, la pequeña es recibida por su maestra de primer grado. Unos meses antes, la educadora había visitado el domicilio de las niñas, para invitar a los padres a que inscribieran a Laurita, pues el kínder comenzaría actividades este año. En aquella ocasión, al momento de que la profesora se despidió de doña Rosa, la mamá de Laurita, y advirtiendo la escasez económica en la casa, metió mano a la bolsas de su mandil bordado, para sacar unas monedas y entregárselas a la señora.
_Para que les compre unos panes a sus niños seño –dijo la maestra a doña Rosa.
Don Pedro agarró camino para el monte, se fue en busca de leña, hace dos semanas que se acabó el trabajo con su vecino albañil, ahora debe arrimar flores de calabaza y con suerte, algunas orejitas que encuentre en los cazahuates, esto servirá para que su esposa haga unas quesadillas. De la lista de material que le pidieron a sus hijos, poco caso hace por ahora.
_No hay de dónde –le dice a su mujer- ni modos que robe.
De regreso del campo, mientras Pedro viene silbando, voltea a ver a la ciudad, allá donde muchos tienen proyectos, donde se planean las obras, las empiezan y luego las paran, como la Unidad Deportiva en la colonia Chapultepec, donde estaba trabajando. O la beca que perdió Carlitos, y de lo cual, unos culparon al presidente.
_“Acá arriba no hay proyectos”, -piensa el jornalero- “acá uno va al día, y los políticos se hacen nomás mensos”…
Luego, se detiene para cortar unos quelites, que acompañarán a las flores de calabaza, pues no hubo orejitas.
_Llegando y vuelta –se dice para sus adentros el señor, pues no le quedan tantas opciones, debe regresar por unos costales de tierra para las plantas del kínder, las que plantó en vacaciones, cuando la maestra lo contrató para chaponear el bosque, y en donde Carlitos sufrió la picadura de una alacrán, al ayudarle a su papá a arrancar el bosque.

En la casa, Dianita cose los botones de una camisa de Miguel, el vecino de enfrente, a quien por sugerencia de Carlitos, no le cobran en efectivo este tipo de favores, prefiere que su mamá le diga:”No es nada Migue”, pues Miguel regresa enseguida con un plato de carne cruda que su mamá suele traer del hospital donde trabaja de cocinera. _Tenga doña, para que le prepare a sus hijos, -dice el bueno de Miguel a doña Rosa, en agradecimiento a esos favores que tanto le hacen. Este es de los días buenos entonces, pues las gallinas ya se acabaron, sólo les quedan cuatro, y nomás son dos las que ponen. “Hubieran de poner 5 huevos diarios” dice Carlitos, quien es el encargado de recogerlos cada mañana
* Autor: Andrés Ortiz Pantaleón

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