sábado, 26 de octubre de 2013

¿Delinquir o no?

Te levantas temprano, caminas hacia la cocina para prepararte un café, medio garrafón de agua yace en el balancín, y cuatro envases  vacios colocados en el piso, llaman tu atención.
El frasco de café y el azúcar están a punto de terminarse. La botella de aceite la ves depositada en el bote de basura, desde el día anterior. Te diriges hacia el lavadero para enjuagar tu taza favorita, la que te regalaron en el Centro Comercial, adviertes entonces que ya es momento en que debas conseguir detergente y cloro, ¡rayos! También hace falta jabón para baño, shampoo para los niños. Si sólo fueras tú, muchas cosas no te importarían.
Sirves el café y te limitas a mirar la caja de galletas; no, eso no, son para los peques. Sales de  casa y caminas bajo las sombras de la madrugada como cada mañana, a realizar una tarea adicional, para ganarte algo extra. 30 minutos después, llegas a la casa de doña Catita, a quien  le ayudas a cargar recipientes y muebles, pues desde que enviudó, te ofreciste a apoyarla manejando su carro, una de las pocas pertenencias que le dejara su marido y quien en vida, la llevaba al exterior de la central de autobuses, donde han vendido almuerzos. Ahora este trabajo lo haces tú, porque Catita no maneja, los carros no son para ella. Luego de bajar la mercancía de la señora, vas por sus hijas, Lulú y  Karen. Lulú se encarga de atender otro expendio, a Karen la llevas a la secundaria, y te regresas a guardar el carro, para sacarlo hasta el día siguiente, Catita y Lulú se regresan en taxi, lo importante es que las lleves temprano, porque la venta comienza amaneciendo, eso te han dicho.
Al regresar a casa tomas un baño, tus hijos ya se están arreglando para ir a clases. Te das cuenta de que Juanito necesita otros zapatos, pero él no dice nada, sonriendo se acomoda el calzado y juega con Rosita, quien el día de mañana cumplirá 4 años de edad. Por ahora, lo que te interesa es que deje de toser, que le baje la temperatura y se le quite el vomito. Piensas por un momento en comprar un pastel al menos, para que se lo coman entre los tres niños; pero te acuerdas que en una semana se vence la renta. No dices nada, almuerzas rápido, y sales de casa con Juanito y Laura, para llevarlos a la escuela. Al fin los dejas y te diriges a tu trabajo de planta. En el camino te preguntas una y otra vez, si en momentos como este, es cuando muchos han empezado a delinquir. Trabajando honestamente no logras satisfacer tus necesidades básicas.
Ideas descabelladas se te vienen a la mente. Miras el pavimento como buscando una pepita de oro, vives en la ciudad del oro, tal vez alguien extravíe una pieza de este metal precioso. Pero no hay nada. En la actualidad no es sencillo que alguien pierda alguna pertenencia. Se te ocurre planear un asalto, pero no lo harás solo, necesitas que alguien te respalde, pero te avergüenzas de decírselo a tus conocidos. En otras ocasiones, a son de relajo, otros te han dicho “dan ganas de asaltar un banco”. Ahora no es en relajo, de verdad que te dan ganas de asaltar un maldito banco, de secuestrar, pero ¿y el cobro del rescate? Eso debe ser lo más difícil. No, eso no está bien, aunque sólo lo harías una vez, para pagar algunas deudas, para emparejarte tantito, sólo una vez…
Cumples tus obligaciones laborales, y por la noche, cuando te diriges a casa, sigues pensando en hacer algo, sobre todo, porque a la sociedad no le importan tus problemas. Los de arriba, los que tienen, cuidan lo suyo, y quieren más. Los que son como tú, poco les importa. Llegas a casa y se acrecienta la urgencia. Es media quincena y ya se acabaron las provisiones, además, hay que hacer gastos para la escuela. Miras a Rosita, y te alegras de que está mejor.
Quisieras pedir otro préstamo, y otra vez te asaltan los cuestionamientos; un préstamo no es lo que necesitas, ¿cómo lo pagarías? No necesitas préstamos, lo que requieres es dinero, no prestado, pero nadie te lo dará. Sales al patio, y guardas los botes de aluminio que recogiste en la calle. Te dan ganas de tirarlos a la basura. En realidad no sabes cuándo podrás llevarlos a vender o cuánto te darán por ellos, pero sabes que algo han de valer. Finalmente te vas a acostar, no sabes si renegar de Dios o darle gracias, sólo él te queda. Este día fue uno de tantos, uno más en el que te preguntas si trabajar de manera honesta, es realmente la manera correcta para vivir bien. Decides descansar, mañana será otro día.
Al día siguiente, te levantas y sales a la calle de madrugada, sin tomar café, porque ya se terminó. No te animas a cometer un ilícito, no tienes corazón para hacerlo, no estás hecho para eso. Hasta para delinquir hay que tener ciertos elementos y carecer de otros. Y tú no cubres los requisitos. Otra vez la madrugada te aconseja no delinquir, mañana no se sabe. Hay que apresurar el paso, doña Catita ya debe estar esperándote.
Realmente no sabes qué sucederá con Rosita, en el día de su cumpleaños.

* Autor: Andrés Ortiz Pantaleón


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