sábado, 26 de octubre de 2013

El báculo del señor Obispo

  1. El día en que ella se marchó de la casa y me dejó sin muebles,  busqué en el ático algo que me fuera de utilidad para pasar la noche. Este fue el único lugar de donde no decomisó nada, siempre se le dificultó subir la escalera aparte de que evitaba  inhalar el polvo que abundaba en el espacio. Encontré mis viejas chamarras que utilizaría como c
  2. olchón y almohada. Unas vinajeras y un báculo de madera llamaron mi atención y reconfortaron mi espíritu, pues esto indicaba que no pasaría la noche sin tomar café. Bajé todo al piso y comencé a edificar mi morada. Lo que había ahí, era todo con lo que contaba, así que esto era mi mayor tesoro.
  3. Mientras me dirigía al pasillo de la vecindad y cruzaba el gran patio en donde se levantaba un frondoso limonero, y de donde tantas veces me cubrí  bajo su sombra cada vez que tenía un disgusto con ella, recordé la ocasión en que conseguí el báculo pastoral. Fue el día en que la acompañé a Teloloapan para visitar a su hermano que ya era sacerdote.
  4. Coincidimos con la visita del señor Obispo, de quien advertí, le encantaba el mezcal.  Aproveché el jolgorio para tomar su báculo y meterlo entre dos sombrillas que llevábamos y luego envolví todo con una cobija de la bebita. Para las vinajeras hubo cupo en la maleta. Durante mucho tiempo, le dije a mis amigos que se me antojaba tomar cerveza en las vinajeras que empleaban los sacerdotes, pero todavía no saciaba mi antojo.
  5. Ahora, al cruzar la calle para dirigirme al oxxo de Joaquín Baranda y Morelos por un sobre de café y azúcar, recordaba un poema que le gusta mucho a mi amiga Janneth y que escribió muy bien José I. Delgado Bahena, amigo mío también: “Me tomaré un café sin ti”. Aunque a decir verdad, el café me lo tomaría sin nadie. Ella dejó de importarme cuando la vi salir. No se podía sentir otra cosa hasta ese momento, sólo habían transcurrido unas horas a que se había marchado. Estaba con mi orgullo hasta el tope.
  6. Regresé, y junto con unas varas secas que encontré en el patio, vi como se consumía el báculo del señor Obispo, mientras le daba sorbos al café y veía en el piso las galletas que me ofreció la vendedora por 5 pesos más, cuando le solicité una recarga para mi celular.
  7. Por aquella noche, las vinajeras probaron el café. Pronto les haría los honores respectivos con una cerveza. No pude evitar sonreír al pensar en las señoras que van mucho a la iglesia, y que como decía Gabriel, un cuate que vive en la calle Berriozábal, “se asustan del muerto y se abrazan de él”. Tal vez me habrían dicho que estaba cometiendo sacrilegio al quemar el báculo, y aún más, por el hecho de haberlo robado.
  8. Quizá lo encendí a propósito, ¡total! Una noche sin merendar, no iba a extinguir mi vida. Pero un café de casa, es un café mis amigos. De una vez quise enfrentar el hastío, y el peso que en un principio representaría la soledad en aquel departamento. ¿Cuántos días serían? Ya no lo supe, le perdí el interés a llevar las cuentas.

  9. Ahora vivo en otra casa, con otros muebles, todavía sigo solo. Esta mañana cuando compré el tanque de gas de 20 kilos y por el cual pagué 235 pesos, sentí un alivio porque nuevamente tomaría café de casa, luego de dos semanas sin haber tenido gas, pues  los gastos se me juntaron, además que no cocino diario, no me da tiempo, “debo invertirlo a veces en tomar fotitos o escribir”. Es probable que al reconfortarme porque habría aroma de café en casa, me llevara a recordar aquella noche en que quemé el báculo del señor Obispo…Perdón señor, perdón...perdón señor obispo. 
  10. *Autor: Andrés Ortiz Pantaleón. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Sin duda un buen relato y me imagino que fue realiza jeje
Soy seguidora del grupo de la ESPI en Facebook :o)

Anónimo dijo...

Perdón... que fue real jiji

Andrés Ortiz Pantaleón dijo...

Muchas gracias por su visita y comentario. Algo es real, no todo... Bendiciones, un abrazo.