sábado, 26 de octubre de 2013

LA DENTISTA

La dentista tenía que mantener abierta la puerta de su consultorio, ahí, junto al pasillo, por donde solía entrar su mamá a los cuartos que estaban al fondo, y que conformaban una vivienda. Así que en mis frecuentes visitas propiciadas por sus insistentes mensajes, me acomodaba en el sillón reclinable, como si fuera un paciente, y ella recostada en mi pecho, me hablaba cosas de amor, y me decía que se sentía en un sueño. Cuando escuchábamos los pasos de su mamá, se alejaba 30 centímetros de mí y cambiaba el tema, diciéndome: "le voy a poner una resina mientras nos tienen lista la corona, y nos vamos a dar cuenta si provoca alguna molestia por tomar frío o caliente". Cuando la señora cerraba la puerta, volvía junto a mí, sonreía y me inundaba de besos. Al paso del tiempo, la doctora se atrevió a cerrar la puerta, y su mamá le reclamó: ¿qué tanto te encierras? Y cambiamos el horario para vernos, justo en que la señora estaba en su centro de trabajo, lo malo es que en ese horario, yo también debería estar laborando. De modo que las visitas eran rápidas. Un día, al terminar la visita, salimos al pasillo, y advertimos que en la sala de espera estaba el mecánico dental, ella se preocupó y en tono molesta, me dijo que le fastidiaba que esta persona entrara sin tocar el timbre o saludar, pero tampoco quería ponerle seguro a su puerta de vidrio. Entonces le sugerí un censor, y se lo instalé esa misma tarde. Por esa actividad me había conocido, por las instalaciones eléctricas.
_Siempre esperé a alguien como tú -me dijo la dentista- qué lástima que estés ocupado.
_De hecho, no estoy tan ocupado -le dije.
Y sonrió...
Todo comenzó la tarde en que le hice el presupuesto sobre un trabajo eléctrico en su consultorio. Le entregué mi tarjeta y me despedí de ella, con el respeto que prodigaba a mis clientes, en especial a los nuevos. La doctora llamó mi atención debo admitirlo. ...
Un par de días después, me informó que ya tenía el material, y me pedía fuera a verificar que estuviera completo. Así lo hice. En esta segunda ocasión en que nos vimos, me preguntó de qué era la dirección en internet que describí en mi tarjeta de presentación. Le expliqué que era un blog donde publicaba mis escritos, me miró detenidamente y reaccionó admirada. _Voy a visitarlo -me dijo- y te platicaré qué me pareció. Cuando pagó mis servicios, fue ella quien tocó el tema. _De verdad tú escribes eso que está en tu blog. _Sí -respondí. Y refirió que de los veinte escritos que había conocido, todos le gustaron, y que leía dos o tres cada noche antes de dormir. Le agradecí, y me despedí poniéndome a sus servicios. Al paso de una semana, recibí una llamada de la dentista para felicitarme por mi cumpleaños. Me sorprendí al principio, pero luego me confesó que en su consultorio se encontraba mi amigo, quien me recomendó con ella, y él le dijo de mi cumpleaños.
Luego, siguió escribiéndome para decirme que se identificaba con algunos de mis relatos del blog, y que ya tenía sus favoritos. Yo le dije que sus ojos eran muy lindos. Entonces contestó: _Si mis ojos te sirven para inspirarte y escribir un poema, úsalos! Y comencé a dedicarle, uno, dos, tres, quince, veinte, no sé cuántos escritos. Un día me escribió un mensaje para preguntarme cómo estaba. _Muy bien gracias -respondí- y usted cómo ha estado. _ Bien -refirió- aquí me tienes. Y sentí un vuelco en mi corazón. _ En dónde? -cuestioné. _ En tus manos! Exclamó.

Una vez que la dentista mostró cierto interés a mi persona, comenzaron sus constantes llamadas, mensajes, correos, y hasta recargas a mi celular, para asegurarse que le contestara.
Cada vez que le decía que había escrito algo para ella, evidenciaba ansiedad como la que muestra una niña por ver su juguete nuevo.
_¿Ya lo subiste al blog ? -me preguntaba, y luego accedía a la página dejando su comentario como anónimo o con otro nombre.
En otras ocasiones, me pedía que le enviara el escrito a su correo, antes de publicarlo en el blog o en el periódico, porque decía, que ya que era la musa, quería ser la primera en leerlo.
Respecto a todo lo que le escribía, cierto día refirió que había visto en tv, cuando una mujer de avanzada edad, aseguraba que a ella le había escrito un poema "Sabines", y sonrió al decirme:
_Tal vez algún día, cuando ya esté viejecita, y tú te hayas consagrado como escritor, presuma que escribiste para mí estos poemas.
Y fueron constantes las veces en que me llamó para pedirme que fuera a su consultorio, y simular ante las proximidades de su familia, que yo era un paciente más, y también me convertí en eso, pues insistió que tenía que usar braquets.
También empleó de pretexto, mis conocimientos en electricidad, para hacerme llegar al consultorio, a su casa, aunque en algunas ocasiones, el problema era mínimo o inexistente.
Hubo días en que esperaba a que su familia se durmiera, y entonces me llamaba para ir por ella, salía en pants, recientemente bañada, y nos íbamos a cenar para luego dirigirnos a mi vivienda, y estar allá hasta muy avanzada la madrugada. Motivo por el cual, frecuentemente me escribía al día siguiente, avisándome que tenía mucho sueño.
Cierta noche, me dijo que fuera a su casa. Me estacioné a 15 metros de su domicilio, como siempre, esperando a que saliera para llevarla en mi vehículo. Pero en esa ocasión, me sorprendí al ver que se asomó en pijama.
_Ven -me dijo- pasa.
Y me invitó a su recámara.
Estaba más nervioso yo, pues temía que alguien nos viera o escuchara.
Entramos, se recostó en su cama, me miró sonriendo, y articuló.
_Complacido? Me dijiste que te gustaría tanto verme cómo duermo y cómo es mi espacio íntimo, desde donde te escribo en la noche, en la madrugada, y amaneciendo.
Sonreí, y agradecí su gesto, mientras mi vista apreciaba su recámara y también a ella.
_Ven, acuéstate conmigo -susurró.
Estuvimos ahí por algunos minutos, y luego, en actitud diferente con la que me recibió, me solicitó que ya me retirara.
Al día siguiente, me explicó que no podría contenerse a un encuentro mucho más íntimo, y su mamá, podría escucharnos. Le comenté que no debió reaccionar así, que me lo debió pedir de buena forma, yo lo habría entendido, al fin, la idea de entrar, había sido de ella.
Desplantes como ese, fueron constantes. Unas veces era la mujer más feliz, y otras, era callada, distante, cortante.
Aunque pronto se reivindicó, y me invitó al menos en dos ocasiones a su casa, en ausencia de su familia.
Las visitas al consultorio continuaban, siempre a invitación de ella, y se simplificaban algunas cosas para agilizar el procedimiento. Como la vez en que desabotoné su bata, y me sorprendí que no hubiera ninguna prenda debajo. Eventualmente me recostaba en ese sillón, como un paciente, y ella se apoyaba en mi pecho y dormitaba, cansada por nuestros desvelos, por sus escapadas nocturnas, hasta que el teléfono o el timbre nos interrumpían.
Sin embargo, fueron manifestándose las diferencias y mi realidad, y la suya. Gradualmente fue diciéndome que ya no tenía que haber más, que eso sería todo, pero que le gustaría que redactara algo de esta historia que escribíamos, pero no lo hice, hasta ahora.
Luego mencionó muchas veces, que estaba segura en que luego de nuestro desenlace, escribiría poemas reclamándole, porque decía que ella era la mala en la historia.
Y me pidió que siguiera con mi tratamiento, que ella era profesional. Ni le volví a escribir ni acudí a su consultorio, tampoco volvimos a saludarnos.

Alguna vez mientras todavía nos frecuentábamos, envió a mi correo un escrito dedicado para mí, en el que decía: "Ahora me toca a mí", y que tituló "Nadie como tú". Seguramente que su escrito y los míos, se fueron deshojando como los árboles en otoño, listos para la llegada de otros retoños, nuevas hojas y frutos, preparados para recibir la primavera y florecer mejor.

* Autor: Andrés Ortiz Pantaleón.

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