sábado, 26 de octubre de 2013

La visitadora de Pantaleón

Identifiqué a Elena por vez primera en el Cinemas Plaza donde yo fungía como gerente, la noche de un domingo de primavera, llevaba un vestido entallado color blanco y se advertían sus formas femeninas bien acentuadas. Hacía un par de semanas, en una reunión de amigos, Clara nos presentó con ella; todos estuvimos de acuerdo en que Elena era una chica muy guapa, alguien me dijo “se parece a Sandra Bullock”.
Así pues, cuando identifiqué a la hermosa dama que rondaba en mis terrenos, me aproximé a ella para saludarla por segunda ocasión en nuestras vidas.
─ ¡Hola Elena! –me limité a decir cuando al fin decidí hablarle mientras ella observaba un poster de la película que estrenábamos.
─ ¡Hola! ¿Qué andas haciendo? –respondió sin pronunciar mi nombre, porque entendí que tal vez no lo recordaba.
─ Aquí trabajo, ¿quieres entrar?
─ ¿Me invitas? –dijo coquetamente.
─ ¡Claro! –respondí, y me dirigí a taquilla a comprarle su boleto.
Nos encaminamos al interior del inmueble, yo, con el pensamiento de dejarla en la entrada de la sala y continuar con mi trabajo; y ella, con otros planes. De manera que me solicitó la llevara hasta adentro y la acomodara en una butaca, porque según dijo, le temía a la oscuridad. Asentí, entramos a la sala ante la mirada de algunos compañeros de trabajo, quienes ya no distinguieron el momento en que ella tomó mi brazo con ambas manos, y yo la sostuve como todo un caballero (sic).
Al fin llegamos a la parte alta de la sala y nos sentamos, le dije que me retiraba porque debía atender mis ocupaciones, a lo que ella contestó como niña: no, espera ¿me vas a dejar solita? No te vayas, me da miedo la oscuridad.
Una emoción estremeció mi pecho y me esforzaba por interpretar lo que la chica me estaba diciendo con tal invitación. Le dije que volvía en unos minutos, que no la iba a dejar sola, que me daría mis vueltas para cerciorarme que estuviera bien, ella me permitió que me levantara, con la condición de que regresara pronto.
En breves instantes, volví junto a Elena y le llevé algunos dulces, los coloqué en sus manos y me dispuse a saborear un halls atendiendo la película; sentí su mirada y me dijo:”dame halls”.
Tomé el paquete de pastillas y lo abrí para ofrecerle.
No –pronunció- quiero del que tienes en tus labios.
En condiciones normales, entendí que lo que se hacía en estos casos, era aproximarme a sus labios y compartirle de los míos, el dulce que pensé, ella deseaba, pero me contuve e intenté extraer el halls de mis labios, y ella me tomó de la mano y se acercó a mí, para tomar con sus boca la pastilla refrescante, me la regresó, la volvió a tomar y volvió a dármela, hasta que al fin nos olvidamos de la maldita pastilla,  sumergiéndonos en una guerra de besos, que interrumpimos porque nos hacía falta el oxigeno.  Fue entonces cuando con mis dedos traté de tomar los residuos del halls que sentí en su boca; situación que Elena aprovechó para succionar, chupar, morder, lamer y saborear mi dedo medio, al tiempo que clavaba su mirada en la mía y acomodaba su cabello sobre su hombro derecho, contrario a donde yo estaba, para dejarme al descubierto su cuello, que sentí, me invitaba a disfrutarlo.
La situación no fue más allá, bajé a la oficina constantemente y a los pocos minutos regresaba con Elena, luego me retiraba para hacer cuentas y efectuar un par de llamadas, para después volver con la chica, hasta que al fin se llegó la hora en que terminó mi día laboral  y salí acompañado de la muchacha.
Yo tenía 22 años, estaba soltero, sin novia, vivía solo… y Elena me pidió la llevara a mi casa. ¿No tienes miedo de ir a casa de un soltero que vive solo? –le pregunté a Elena. No –respondió- confío en ti.
En común acuerdo nos dirigimos a comprar cena para llevar a casa, y llegando a mi morada, la chica me solicitó le permitiera bañarse, sugiriendo que juntos tomáramos el baño… accedí; un baño es sólo un baño. Nos desnudamos como si ya lo hubiéramos hecho cientos de veces, sin cohibirnos un solo instante. Entramos al baño y Elena no dejaba de hablar, me contaba alguna anécdota familiar mientras el agua fluía por nuestros cuerpos, propiciando que la calidez del momento, me hiciera pensar que el agua elevaba su temperatura al hacer contacto con mi piel.  Unas veces ayudaba a mi acompañante a enjabonar su espalda, sus pechos, y otras, dejaba que ella hiciera lo propio.
Salimos del baño y nos dispusimos a cenar, al terminar, nos tendimos sobre un tapete que tenía en la sala, y di lectura a algunas de mis composiciones poéticas. Mi visitante seleccionó algunos que le parecieron más bonitos –así dijo- y roció con su perfume las páginas de mi cuaderno, cuya fragancia aún se percibe después tantos años. Al fin, el cansancio nos vencía y decidimos ir a dormir, fuimos a la recámara y le sugerí seleccionara la cama donde dormiría, y ella refirió: amorcito, ¿me vas a dejar dormir sola? En realidad, yo quería que durmiera conmigo, y así fue. Pero aquella noche  tuvo muchos intermedios que no permitieron que consiguiéramos descanso y que arrancaron las lágrimas de Elena, porque me dijo, desprecié su cuerpo.  ¿No soy suficiente mujer para ti? -cuestionó Elena. Al contrario, eres mucha mujer para mí –le respondí tratando de no hacerla sentir mal. Y es que advertí que algo comenzaba a estar mal desde el principio. No debí llevarla a la casa si no pretendía hacer algo con ella. De hecho, no esperaba que ella me propusiera eso, debí suponerlo.
Luego de platicar con algunos de mis amigos sobre esta anécdota, sin referir quien era la chica, me reprendieron por no haberle dado gusto. No sé cómo te contuviste Andrés, me hubieras hablado para hacerte el paro –dijo uno de mis vecinos.
Y es que muchas cosas me parecieron extrañas: yo nunca me he considerado con atractivo físico, me gusto, pero no creo que le guste a las chicas. Una vez que vi desnuda a Elena, vi que su vientre estaba un poco abultado, un poco. Sus pechos, según me dijo Poncho quien trabajaba en la dulcería, parecían como si ya hubieran amamantado. No la conocía, entonces de qué se trataba el asunto. Además de que en casa no tenía preservativos, no tenía caso tenerlos, me dedicaba al trabajo, a ciertas actividades en un grupo de jóvenes, a escribir mis curiosas composiciones con tintes algo poéticos, a tener orden en casa.
Al fin, llegó el amanecer y Elena se marchó.
Dos noches después, como a las 11:30, alguien tocó a mi puerta, era ella. ¿No me invitas a pasar? Claro –respondí- pasa.
La insistencia fue la misma, luego de haberle leído algunos de mis escritos a petición suya. Y las visitas fueron constantes, pero nunca consentí a sus encantos. En una de sus visitas al cine, nos sentamos un rato en el acceso, justo cuando Clara pasó por ahí y nos saludó. Luego, al despedirse, le dijo a Elena:
¿Y tu marido? ¿Cuándo viene de Estados Unidos?
Elena no contestó nada y Clara se alejó mientras me veía y con la mirada trataba de decirme: “es casada Andrés”
¿Así que tienes marido? Cuestioné a Elena. Sí, pero el buey ya se olvidó de mí.
Sólo una visita más tuve de Elena en el cine, llegó con su hermana e intentaba tomarme una foto abrazado de ella, cuestión que no permití, pese a su insistencia.
Nunca más volví a saber de la chica, alguien me dijo que había engordado y que ya no tenía la silueta de antes. Me pregunto si para ella, el hecho de no haber cumplido con su cometido en tantas visitas, en verdad la habrán lastimado. Quizá por tratar de ser caballeroso, fui todo lo contrario.

Tal vez fue mejor así, no me arrepiento que las cosas fueran de esta manera.  
* Autor: Andrés Ortiz Pantaleón.

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