sábado, 26 de octubre de 2013

Velada de Otoño

Fue la noche de mi cumpleaños cuando coincidí con ella en una cena que prolongamos hasta las primeras horas de la madrugada. Al concluir, nos encaminamos hacia el parque Juárez.
 El viento de otoño, el mismo que tumba las hojas de los árboles, propiciaba que la chica que estaba a escasos centímetros de mí, se cruzara de brazos para darse calor, sobre todo por el hecho de tomar un par de bebidas frías minutos antes.
El mismo viento y el triple de bebidas que tomó ella, habían sido consumidas por su servidor, y eso apresuró una pretensión que yo trataba de desvanecer por las diferencias obvias que resaltaban. Detuve la marcha y me situé frente a ella, para agradecer su compañía, su atención; por permitirme escucharla también, entonces reclamé mi abrazo de cumpleaños, porque era evidente que ambos nos retiraríamos a descansar, ella a su casa, y yo a la bodega, donde me estaba quedando a dormir.
Nos abrazamos cómplices de la velada, en la que compartimos algunas confesiones; mientras, el viento mecía las ramas de los tamarindos y nuestros cuerpos encontraban acomodo, al  menos eso sentí, y mi libido a flote me llevó a efectuar un roce de mejillas, a lo que ella consintió, justo cuando me dijo: “feliz cumpleaños Andrés”.
Su silueta juvenil fue estrechada por mis brazos y manos, las cuales acariciaron sus propios brazos, sus hombros, su espalda, y posteriormente, el fleco de su cabello que caía del lado izquierdo, fue resbalando entre mis dedos, al tiempo que le susurraba al oído: “gracias, muchas gracias”
Entonces, mis mejillas fueran tocando retirada, y le dieron la bienvenida a mis labios, quienes ocuparían su lugar, para besar los pómulos femeninos, y finalmente, encontrarse con sus labios, que al principio sólo permitieron los besos, y luego, sutilmente correspondieron titubeantes.
Mis manos bajaron a su cintura, a la misma altura donde descansaban sus manos que pensé, todavía no recibían señal de cómo reaccionar. Los besos fueron interrumpidos, y vino entonces el aparente arrepentimiento masculino, y en ella, el “¡Dios qué sucedió!” en tanto su mano izquierda fue llevada a su frente, y la derecha se posó sobre su pecho.
_Perdón, me dejé llevar –articulé.
Ella movió negativamente su cabeza, y esbozó una sonrisa nerviosa, que yo deseaba interpretar con prontitud, para saber si de verdad era correspondido o sería amonestado por haber probado un fruto prohibido e intentar vincularme a sus encantos, por el atrevimiento y el abuso de confianza, malinterpretando su compañía, por no controlar los efectos del alcohol, y  no haber escogido una mejor manera de acercarme a ella, y por no comportarme como caballero en la aurora del día de mi santo.
_  ¿Qué pasó? –cuestionó al fin.
_ Lo siento –me limité a decir.
_ ¿Por qué tú? ¿Por qué así?
Y entonces, me confió algunas experiencias. Creía haber escuchado todo mientras cenábamos, pero es un hecho que todos tenemos un mundo de historias que callar o contar. Luego de escucharla por algunos minutos, volví a abrazarla y a decirle que todo estaba bien ahora, y le agradecía la confianza.
Seguimos caminando y decidimos sentarnos en una banca que estaba frente a la antigua cárcel de Iguala. Ahí, la plática me llevó a otro acercamiento con ella, para buscar nuevamente sus labios, con menor preámbulo. Los besos tuvieron mayor viveza, y sus manos subieron un poco para descansar en mis brazos.
Cuando nos separamos, me dijo que sentía los labios inflamados. Le contesté que quizá era por el tiempo que tenía sin besar.
Escuché entonces su risa y advertí el brillo en sus ojos cuando nos volvimos a abrazar una y otra vez, suspendiendo los besos, porque advertimos que un  policía vigilaba la escena desde el kiosco. Nos dirigimos a una tienda ubicada en  Madero, y compramos un refresco helado, para mitigar la hinchazón de sus labios, que para ese momento ya era visible, y que ella no quería lo notaran sus papás.
Detuvimos un taxi, le abrí la puerta trasera, y me despedí de beso de la chica quien sostenía el refresco en sus manos, mientras le decía: hasta mañana, me avisas cuando estés en tu casa por favor. Subió al vehículo, anoté  el número de taxi, las placas y la organización a la que pertenecía, y me retiré a descansar; era la primera de muchas despedidas que sostendría con ella ahí, mientras se iba el otoño.
 Luego, a los 22 días, cuando llegó el invierno, cambiamos de táctica, para destantear a los testigos, según acordamos, y comencé a llevarla a su casa  Ya no hubo necesidad de comprar refrescos para la hinchazón en sus labios, pues estos, se acostumbraron a mis besos, y fueron benevolentes a la delicadeza con que ella me enseñó a tratarlos.

Se fueron los años, y vino otro siglo, hasta que al fin, la vida se nos fue a ambos. Pero todavía, del más allá, visitamos el parque Juárez, en la víspera del día de mi santo…
* Autor: Andrés Ortiz Pantaleón

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